Buenos profesores para mejorar la educación

Desde que tengo uso de razón he vivido la permanente preocupación de la sociedad por mejorar el sistema educativo

 

Echando la vista atrás, para recordar mi propio tránsito por el sistema educativo, repaso los primeros años de mi infancia en la escuela pública de primera enseñanza de mi pueblo, Mompía. Me sitúo en el período comprendido entre los años 1957 y 1962. Mi escolarización se inició en setiembre de 1957, semanas antes de1-fjm cumplir los 6 años y, hasta junio de 1962, estuve cursando los cuatro cursos de los estudios de Enseñanza Primaria, obligatorios y gratuitos, cuya superación, y posterior título, permitía acceder a los estudios de Bachiller Elemental, previo examen de ingreso aprobado.

 

Es curioso. A medida que avanza el tiempo, evoco con mayor cariño aquella época. Para comprender mejor mis reflexiones conviene hacer un ejercicio de traslación en el tiempo. Yo conservo recuerdos imborrables. Pero sobre todos destaca la vinculación emocional con mi maestra doña María Torner, durante toda esa etapa. Ella fue el alma mater del pueblo durante los años que ejerció de en Mompía. Una maestra ejemplar; ¡una buena maestra! En doña María se concretaban todos los valores esenciales que, en mi opinión, califican a los buenos maestros, a los buenos profesores.

 

Doña María conocía a sus alumnos y a sus padres; vivía el día a día de su educación, a pesar de ser una escuela unitaria con niños y niñas de todas las edades; era 3-maria-torner2comunicativa y dialogante; se preocupaba por todos, de una manera personalizada; velaba por su entorno, fuera del horario escolar; y, lo que es más importante, estaba comprometida con su progreso académico. Estas afirmaciones las detallo con más profusión de datos en Recordando a Dª María Torner, mi maestra, colgado en este e zine el 9 de Diciembre de 2009.

 

No menos dulce fue la etapa comprendida entre 1962 y 1968. Cursé mis estudios de Bachiller Elemental -4 años- y de Bachiller Superior -2 años- en el Colegio Calasanz de los PP Escolapios de Santander. Y de nuevo, como tantas y tantas veces he manifestado, aquellos profesionales docentes dejaron una huella imborrable en mi alma y en mi corazón. ¡Eran buenos maestros y buenos profesores! No me duelen prendas en afirmar que, entre otras cualidades –algunas muy devaluadas, cuando no perdidas en la actualidad- aquellos profesionales docentes poseían una vocación a prueba de bombas, sin fisuras. Se preocupaban del desarrollo personal de sus estudiantes. Además, bien puedo afirmar que se preocupaban también, prioritariamente, del rendimiento y resultados académicos de sus alumnos.

 

Finalizado el Bachiller Superior, y aprobada la reválida de Sexto –así se denominaba en este plan de estudios en vigor desde 1953, por decisión del entonces ministro de Educación Joaquín Ruiz Jiménez-, las opciones educativas para un adolescente eran muy limitadas en la provincia de Santander –denominación de la actual Comunidad Autónoma de Cantabria-. Por un lado, existía la posibilidad de continuar estudios de preuniversitario que dieran acceso a una universidad en otra provincia -la Universidad de Santander se creó por un Decreto de 18 de agosto de 1972, convirtiéndose en la actual Universidad de Cantabria, trece años más tarde, en 1985-. Por otro lado, acceder a la Escuela de Peritos o a la Escuela Normal de Magisterio. Yo opté por esta última, entre otras razones porque ya se había despertado en mí una incipiente vocación docente.

 

Esa etapa estuvo repleta de “claros y oscuros”. En relación con el profesorado, no siento especial aprecio por alguno de ellos. Sin embargo, afianzó y consolidó mi escuela-normal-de-magisterio-de-santandervocación y, desde los primeros meses surge una aspiración de lograr, algún día, promover un centro docente; eso sí, siempre pensé en la Formación Profesional.

 

El tercer curso de carrera, el año de prácticas que cumplí en la Aneja a la Escuela Normal de Magisterio, supuso el inicio de una carrera profesional en la que me he desarrollado y donde he sido muy feliz. Finalizado el año de prácticas –por cierto me pagaban cuatro mil pesetas al mes (unos ¡24 euros!)- el director, don Ricardo, propuso mi contratación por la entonces denominada Dirección Provincial de Educación del ministerio de Educación y Ciencia. Pasé por todas las situaciones administrativas: profesor contratado; profesor interino y funcionario de carrera, después de aprobar la preceptiva oposición por la especialidad de Filología.

 

En la Escuela Aneja (masculina) –los niños y las niñas estaban segregados en dos centros- viví las experiencias profesionales más maravillosas que recuerdo. ¡Qué tiempos aquellos! La fuerza de la juventud, la pasión por una profesión que ya sentía totalmente arraigada y unos directores y compañeros extraordinarios reforzaron un sentimiento que se había fraguado en mi persona, quizá inconscientemente, desde mi más tierna infancia, gracias a doña María Torner y todos aquellos estupendos profesionales docentes de los Escolapios que me ilustraron, educaron y me inculcaron valores atemporales de inconmensurable valor educativo, cultural, moral y emocional.

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La Escuela Aneja, bajo mi punto de vista, era una institución educativa pionera, no en vano todos los estudiantes de Magisterio realizaban sus prácticas allí. ¡Más que una escuela para niños –que obviamente lo era-, la Aneja fue, durante décadas, una verdadera referencia para los maestros y maestras de Cantabria! ¡Aquellos buenos maestros contribuyeron a una mejora cualitativa del sistema educativo en Cantabria! Yo me siento orgulloso de haber pertenecido al claustro de profesores de la Escuela Aneja desde mi primer nombramiento como interino el 30-6-1975, para comenzar el 16-9-1975, hasta la fecha en que pedí una excedencia voluntaria, el día 16 de enero de 1984 para hacerme cargo de Decroly, hasta entonces funcionando bajo la titularidad de Marina Bárcena Tazón, mi madre, tal y como figura en mi hoja de servicios.

 

¡Siempre ha habido buenos maestros y profesores! Ahora, ¡también! El sistema educativo se ha sustentado siempre, prioritariamente, en los profesionales docentes. Sin embargo, los cambios sociales y tecnológicos acaecidos a partir de los años 90´del pasado siglo XX y el impacto y generalización de internet y de las nuevas tecnologías en la vida de las personas de todas las edades, fundamentalmente en los jóvenes, ha desplazado sus funciones a tareas de liderazgo, motivación y coasociación, relegando las tradicionales quehaceres instructivistas. Los niños, adolescentes y jóvenes muestran un perfil absolutamente diferente al de sus homónimos del pasado. Además, la Administración educativa no ayuda mucho con sus constantes cambios ideologizados que distraen permanentemente a los profesionales.

 

Lamentablemente, si descartamos el tibio consenso alcanzado por todas las fuerzas políticas mayoritarias durante el proceso constituyente que condujo a la aprobación por las Cortes Generales, primero, y en referéndum de todos los españoles después, de la Constitución Española de 1978, la nota predominante del sistema educativo español ha sido el disenso. Los partidos políticos, en lugar de mantener aquel espíritu constitucional, reflejado en el artículo 27 de la Carta Magna, convirtieron la educación en un instrumento ideológico de confrontación política cotidiana. Esa eventualidad ha conducido, tristemente, a un sistema educativo sectario y partidista, incapaz de responder a las demandas de los ciudadanos.

 

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Todo empezó con la Ley Orgánica 8/1985, de 3 de julio, Reguladora del Derecho a la Educación (LODE), siendo presidente del Gobierno Felipe González y ministro de Educación José Mª Maravall. El Gobierno de entonces, con mayoría absoluta en las Cortes Generales, decidió implantar “su ley de Educación”, rechazando cualquier propuesta del resto de partidos del espectro parlamentario de entonces. Así nació el “cisma”. Desde entonces, los esfuerzos realizados por los sucesivos gobiernos para alcanzar un pacto de Estado por la Educación han sido baldíos. El último intento, promovido por el exministro Gabilondo, durante la pasada legislatura no tuvo mejor suerte.

 

A día de hoy, yo sigo afirmando que los buenos profesionales docentes sustentan el sistema educativo, a pesar de los pesares. Ello no es óbice para buenos-profesores-sociedad-conocimientomanifestar que un colectivo significativo de profesionales sigue anclado en el pasado y requiere una actualización profesional severa para hacer frente a las demandas de sus alumnos y a las exigencias de una sociedad del conocimiento que en nada se parece a la próxima pasada. La era analógica ha terminado. Nos encontramos en la era digital que exige un perfil de ciudadanos que debe concretarse, en gran parte, en las escuelas. Para ello, el sistema demanda buenos maestros y profesores que den respuesta a las expectativas individuales del alumnado y a las colectivas de la sociedad.

 

Los cántabros y españoles buscan en la educación la solución a los gravísimos problemas laborales y sociales de los jóvenes de hoy. Por ello exigen, simultáneamente, un compromiso con la recualificación y actualización permanente de los actuales profesionales docentes para responder a los retos del siglo XXI. En esta demanda, además del compromiso de todo el colectivo de maestros y profesores es preciso, en mi opinión, una apuesta firme y contundente de la Administración educativa de exigir, por un lado, y contribuir, por otro, a la actualización y reciclaje profesional de todos los docentes.

 

Sin entrar en otras consideraciones, si me parece oportuno instar al Gobierno a regular el acceso a la profesión docente, reflexionando y consensuando el perfil deseable de los futuros maestros y profesionales docentes. Eso es harina de otro costal porque sus efectos se transfieren a la sociedad después de muchos años y los políticos, me temo, tienen otros intereses.

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Acabo este extenso post afirmando que Decroly hace años incorporó a su cultura corporativa el reciclaje profesional permanente de todos sus profesionales docentes y no docentes. El cambio de paradigma en nuestras aulas se nota curso a curso y todos los profesores se adhieren a un proyecto de innovación permanente, acorde con las demandas de la sociedad y de los estudiantes.

 

Decroly Digital ha sido el instrumento a través del cual todos los profesionales docentes han manifestado en uno u otro momento su implicación en soluciones pedagógicas que den respuesta a las expectativas de nuestros clientes alumnos, empresas y Administración educativa. La contribución tangible e intangible del profesorado es incontestable. Vaya desde aquí, una vez más, mi reconocimiento y agradecimiento expreso.

 

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