El lema de Ovide Decroly orienta nuestro quehacer cotidiano

Decroly hace suyo el lema “École pour la vie par la vie” –Escuela para la vida por la vida- del ilustre pedagogo belga Ovide Decroly que inspiró el ideario para la creación de este centro de Formación Profesional y de quien adoptó su apellido para denominarlo

Desde su fundación en 1978 el carácter propio de Decroly se ha mantenido fiel a las premisas establecidas entonces. Sin embargo, no oculto la permanente transformación y cambio operados en sus estrategias pedagógicas, siempre orientadas a la adecuación de los procesos de aprendizaje de los alumnos, a la detección e implementación de su talento individual y a la satisfacción de sus necesidades en cada momento histórico. En esa tarea, también, Decroly ha estado siempre presente atendiendo a la diversidad de tendencias puntuales y expectativas que emergen en cada época en clave de innovación, emprendimiento y adaptación a los incesantes cambios acaecidos en el ámbito empresarial.

El impacto generalizado de internet y las tecnologías de la información y de las comunicaciones en las personas ha modificado sustancialmente su modus vivendi en el más amplio sentido de la palabra, tanto a nivel personal y social como profesional y particularmente en esta primera parte del siglo XXI. Ello significa que los convencionales modelos de socialización y de desarrollo personal, social y profesional han sido sobrepasados, dejando el camino libre a una galopante irrupción de comportamientos mediatizados por toda suerte de dispositivos y recursos tecnológicos. Eso mismo ha ocurrido en el mundo productivo y laboral con una repercusión sin precedentes en el mercado de trabajo.

Hoy nos movemos en entornos vitales, sean personales, sociales o empresariales, en los que prima la posesión de habilidades, actitudes y valores además de conocimientos, todo ello de forma integrada. La realidad social visualiza el valor añadido de estos elementos ahora interiorizados hacia el logro de resultados concretos.

A nivel educativo, y en entornos profesionales y empresariales, se ha instalado el concepto multidimensional de competencia para incluir y señalar que una persona además de “saber”: datos, conceptos, conocimientos, tiene que “saber hacer“: habilidades, destrezas, métodos de actuación; igualmente ha de “saber ser“: actitudes y valores que guían su comportamiento y “saber estar“: capacidades relacionadas con la comunicación interpersonal y el trabajo cooperativo.

El concepto de competencia, entre las innumerables acepciones descritas por expertos, hace referencia a la capacidad para realizar un buen desempeño en contextos complejos y auténticos. En el caso de su significado en el campo de la educación, una definición aceptable afirma que “competencia es un conjunto de comportamientos sociales, afectivos y de habilidades cognoscitivas, psicológicas, sensoriales y motoras que permiten llevar a cabo adecuadamente un papel, un desempeño, una actividad o una tarea”.

Un banco necesita cuatro patas o, al menos, tres. No sé si es un buen ejemplo para reforzar mi reflexión. Tengo claro que poseer conocimientos, pero carecer de habilidades, actitudes positivas y valores representa un hándicap insalvable en la sociedad del siglo XXI. Lo mismo en el caso contrario, es decir, tener habilidades, actitudes positivas y valores pero no poseer los pertinentes conocimientos limita extraordinariamente las opciones de los ciudadanos. Eso sí, estos últimos se adquieren más fácilmente que los otros elementos precitados.

Leía en una reciente alerta de las que recibo a diario relacionada con la FP un par de ejemplos muy significativos para comprender mis cavilaciones anteriores. Uno decía: “se pueden conocer las reglas gramaticales, pero ser incapaz de redactar una carta”; el otro, sumamente impactante, indicaba: “es posible enumerar los derechos humanos y, sin embargo, discriminar a las personas con alguna discapacidad”.

Esta deseable confluencia de saberes que se aglutinan en torno al término competencia, se presenta en múltiples escenarios. Si nos centramos en el ámbito personal de los ciudadanos, podemos observar que su impacto se despliega tanto en contextos cotidianos como en otros entornos más infrecuentes y difíciles. Gracias a la integración de dichos saberes resulta más sencillo diagnosticar un problema, poner en acción los medios para solventarlo, encontrar salidas adecuadas en función de cada situación, etc.

Ahora bien, una cosa es predicar y otra bien distinta dar trigo. ¡Aceptadme este refrán popular! Lo cierto es que atesorar competencias no es la única condición necesaria. Para escribir esta entrada, por ejemplo, además de tener la inspiración y el entusiasmo necesarios, es preciso poseer una importante dosis de determinación, esfuerzo, dedicación y perseverancia, ¿o no?

He recopilado un breve vademécum de competencias transversales y requisitos para su logro que los centros educativos deberían fomentar en cualquiera de las etapas del sistema, sea en Primaria, ESO, Bachillerato, Formación Profesional o a lo largo de toda la vida de las personas. Decroly lo tiene claro. En ello estamos. Veamos cuáles son:

El aprendizaje permanente: habilidades lectoras, incorporarse a la cultura escrita, comunicarse en más de una lengua, habilidades digitales y aprender a aprender.

La gestión de la información: identificar lo que se necesita saber; aprender a buscar; identificar, evaluar, seleccionar, organizar y sistematizar información con sentido ético.

El manejo de situaciones: enfrentar el riesgo y la incertidumbre, plantear y llevar a buen término procedimientos, administrar el tiempo, propiciar cambios y afrontar lo que sobrevenga; también tomar decisiones y asumir sus consecuencias, manejar el fracaso, la frustración y la desilusión; actuar con autonomía en el diseño y desarrollo de proyectos de vida.

La convivencia: empatía, relacionarse armónicamente con los demás y con la naturaleza; ser asertivo y trabajar de manera colaborativa; alcanzar acuerdos y negociar con otros; crecer con los demás reconociendo y valorando la diversidad social, cultural y lingüística.

La vida en sociedad: decidir y actuar con juicio crítico frente a los valores y las normas sociales y culturales; proceder a favor de la democracia, la libertad, la paz, el respeto a la legalidad y a los derechos humanos; participar teniendo en cuenta las implicaciones sociales del uso de la tecnología; combatir la discriminación y el racismo, así como tomar conciencia de pertenencia a la cultura y país propios y al  mundo.

Finalmente, concluyo con unos interrogantes para inspirar una reflexión a cuantos conformamos la comunidad educativa decroliana. ¿Cuáles son las competencias que deben tener las personas en el entorno social cambiante de esta primera parte del siglo XXI? ¿Se pueden adquirir en el centro de FP esas competencias? ¿Qué valores de las personas tienen en cuenta los empresarios ante el escenario de nuevas contrataciones?

Parece oportuno considerar que muchos de los conocimientos que aprenden los estudiantes en el centro hoy estarán obsoletos mañana, especialmente aquellos de carácter tecnológico. Esa realidad incuestionable invita a pensar que es preciso que el alumnado asuma la importancia y necesidad de formarse a lo largo de toda la vida. Además, debemos poner en valor, subrayar y enfatizar la importancia de las competencias transversales como parte de los proceso de aprendizaje ordinarios porque, entre otras razones, repercuten en la empleabilidad de las personas.

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