Siempre hay una razón para cambiar

El cambio forma parte de la naturaleza e idiosincrasia de los seres humanos; su presencia se visualiza a título personal siempre y a nivel colectivo en innumerables ocasiones

La innovación general, en su caso, se produce muchas veces gracias a comportamientos colectivos auspiciados por consenso, acuerdo, pacto, leyes… Es1 201510 FJM (5) en este sentido global y general de la acepción del término cambio al que voy a dedicar las próximas líneas. Una fuente de inspiración para ese cometido la he encontrado en la célebre frase del novelista y ensayista francés André Maurois “quién quiere cambiar siempre encontrará una razón para cambiar” y, en esta ocasión, centraré mis reflexiones en el ámbito de la educación en nuestro país.

El refranero internacional nos brinda innumerables citas de ilustres personajes de cualquier época histórica que sintetizan en, muy pocas palabras, el sentir generalizado de la población sobre las más variopintas cosas de la vida. Ese es el caso, creo yo, de “quién quiere cambiar siempre encontrará una razón para cambiar”, que suscita esta entrada. Me sumo así a las históricas voces, recientemente desempolvadas por tirios y troyanos que reclaman un pacto social y político por la educación. La cuestión es que los tirios de hoy eran los troyanos de ayer y viceversa. Haciendo gala de mi optimismo, a veces compulsivo, ojalá que a la tercera vaya la vencida… o si no, a la cuarta, la quinta,…

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De izquierda a derecha Fraga, Cisneros, Peces-Barba, Pérez-Llorca, Solé Tura, Herrero de Miñón y Roca

Durante toda mi vida profesional he escuchado a políticos de todas las ideologías; a los titulares de las más altas instancias del Estado, de prestigiosas instituciones nacionales e internacionales y a los más elocuentes representantes de los agentes económicos y sociales de este país nuestro, una retahíla de propuestas y sugerencias orientadas al logro de un gran acuerdo nacional por la educación. Es evidente, creo yo, que la inmensa mayoría de los españoles apoyamos la urgente necesidad de alcanzar un compromiso estable y duradero en este ámbito. Sin embargo, esa demanda social solamente puede alcanzarse a base de diálogo y consenso compartido, que aleje al sistema educativo de las cotidianas y legítimas vicisitudes políticas, siempre impregnadas de una carga ideológica partidista alejada de los intereses generales de la ciudadanía.

Ha llegado el momento inaplazable de exigir altura de miras sin igual a nuestros 3 recorte Ponentes de la Constitución Española de 1978gobernantes para retomar el espíritu de nuestra vigente Constitución. Pactar significa ceder todos en aquellas pocas cosas que nos diferencian para fortalecer las muchas coincidencias que nos unen. Con ese ánimo, los padres de la Constitución Española de 1978, todavía vigente, alcanzaron el acuerdo preciso que condujo al consenso del texto del artículo 27. Además, no tuvieron problema alguno para explicarlo y justificarlo a sus adláteres con determinación, sin trauma social alguna, porque atendía a una petición imperiosa de aquella generación de españoles a la que me honro en pertenecer.

Existe una generalizada demanda social clamando por un sólido acuerdo nacional en materia de educación. El espíritu de la Constitución del 78 se ha devaluado hasta límites inasumibles. Tal vez, sin que ello signifique mi posicionamiento a favor de una u otra tendencia, ha llegado el momento de recoger y apoyar el señuelo del exministro Gabilondo y retomar el documento de bases para un “Pacto social y político por la educación” surgido desde el Ministerio de Educación de la época. Volvamos al debate allí donde se aparcó entonces o reiniciemos el camino, en su caso. Pero, ¡ya está bien señores! Esto no da para más. ¡Enciérrense en una “jaula”, si es preciso, hasta lograr un gran acuerdo para los próximos cincuenta años!  

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Tenemos un nuevo Gobierno en Cantabria y en Diciembre, después de la celebración de elecciones generales, surgirá otro en España. El sistema educativo debe ser una prioridad para dar respuesta a esta generación de jóvenes y ciudadanos que se enfrenta a una de las épocas más inciertas de la historia de la humanidad. Yo quiero contribuir con esta reflexión a generar un ambiente de cambio y de consenso que facilite y anime a todos los españoles a alimentar la cordura que conduzca a un encuentro común y duradero en materia de educación.

Consenso, acuerdo, pacto, leyes,… sí. Pero, evitemos fórmulas cortoplacistas orientadas a obtener réditos momentáneos; huyamos del interés particular del gobernante de turno, que basa su acción en políticas para ganar las próximas elecciones; orientemos un nuevo modelo educativo que resista vicisitudes partidistas en favor de las próximas generaciones; contemplemos, como una de las máximas prioridades, una reflexión serena sobre la profesión docente que conduzca a un compromiso a plasmar en las leyes educativas y en su desarrollo.

Escrito en blanco sobre negro deben redefinirse asuntos como la formación, selección, evaluación y dignificación del profesorado. Ahora bien, al fin y al cabo,5 estadio como he sostenido en tantas ocasiones, las leyes educativas, los consensos, los acuerdos y los pactos pueden facilitar la tarea educativa considerablemente pero… sin el buen hacer de los profesionales docentes las nuevas generaciones de jóvenes padecerían un déficit de desempeño personal y profesional preocupante.

La sociedad española y mundial se enfrenta a nuevas realidades muy concretas a las que debe dar respuesta satisfactoria. Para ello, el papel que juega la educación y formación de la ciudadanía es crucial. La realidad es muy tozuda y exige respuestas inmediatas. ¿Qué posición adoptamos ante el fenómeno de la internacionalización? Si nos circunscribimos a los jóvenes de Cantabria, ¿Asumen la realidad que exige modificar comportamientos hasta ahora muy arraigados relacionados con la movilidad internacional, el aprendizaje de idiomas extranjeros, la integración multicultural, la competitividad cainita entre países, la empleabilidad en ocupaciones futuras hoy desconocidas, la adaptación al cambio galopante que experimenta la sociedad cántabra, española y mundial?

Necesitamos, sin demora alguna, implementar un sistema educativo repensado, 6 nonomay&naysostenido en firmes pilares de inteligencia que soporten las exigencias conocidas y por descubrir de la sociedad de este siglo XXI. Precisamos un sistema educativo innovador, adaptable a los cambios galopantes que nos vemos sometidos cada día.  Urgimos un sistema educativo al servicio de una sociedad que deberá dar respuesta, en el corto plazo, a graves situaciones sobrevenidas como son el fenómeno de la migración, la avalancha de refugiados que huyen de la guerra y de la barbarie de sus propios países, la expansión de la pobreza, el aumento de las desigualdades… entre las más perentorias. Solo ciudadanos formados en un contexto cultural y social nuevo serán capaces de responder a los retos a los que nos emplaza la sociedad de este siglo, orientados a la construcción de un mundo más solidario, más libre, más equitativo y más humanitario.

Ahora bien, la comunidad educativa tiene que dar un paso al frente ante los nuevos aires de evolución y de cambio del sistema educativo. El marco legal es importante pero no debe ser el refugio en el que se excuse el conjunto de sus actores para eludir y, en su caso, tapar sus carencias y responsabilidades. Los profesionales docentes y las familias de nuestros alumnos están llamados a reforzar su papel facilitador y colaborativo con los escolares en un contexto de diversidad cultural y de impulso de la igualdad de oportunidades.

 

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La escuela ha de erigirse en un entorno en el que prime lo educativo antes que lo instructivo; donde se descubra el talento individual y se fomente la ilusión y pasión por aprender; en el que se combata el aburrimiento de los niños y jóvenes mediante un impulso de actividades en régimen cooperativo, previamente aceptadas en un contexto de aprendizaje horizontal y colaborativo; en un ambiente en el que se despenalice –de una vez por todas- el error y se visualice, por contrario, en un recurso que estimule la imaginación, la originalidad, el emprendimiento y la capacidad creativa; en suma, una escuela nueva en la que cobre especial protagonismo la familia, donde el profesorado asuma y de respuesta a las expectativas producidas por el nacimiento de la sociedad de la información admitiendo un nuevo papel más relacionado con la facilitación, orientación y guía de sus alumnos que con la transmisión de conocimientos.

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