Nobel de la Paz a la Unión Europea

El Comité Nobel del Parlamento noruego ha informado el viernes pasado que la Unión Europea ha sido distinguida con el Premio Nobel de la Paz 2012 por “sus más de seis décadas de contribución al avance de la paz y la reconciliación, la democracia y los Derechos Humanos en Europa”

 

Todo empezó, lo que hoy denominamos Unión Europea, con la Declaración Schuman. Con ese título se conoce el discurso proferido por el entonces1-fjm-150x150 ministro de Asuntos Exteriores francés Robert Schuman el 9 de mayo de 1950. En ese alegato, según reconoce la propia Unión Europea (UE), se sientan las bases de una organización supranacional que hoy denominamos Unión Europea. A partir de ese momento, se inicia un proceso, aún inconcluso hoy en día, en el que los líderes más relevantes de la UE, apoyados por todos los ciudadanos de sus países miembros, han ejercido un protagonismo sin precedentes en la historia del viejo continente.  

 

Es de justicia citar a los conocidos como los “Padres de Europa” en las personas de los franceses Robert Schuman y Jean Monnet; los alemanes, Konrad Adenauer y Walter Hallstein; el británico, Winston Churchill; los italianos, Alcide de Gasperi y Altiero Spinelli y el belga, Paul-Henri Spaak, ilustres políticos de aquella época, a quienes la propia UE reconoce la autoría de la fundación de la nueva Europa.

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En estos 62 años, la UE ha realizado un largo recorrido. Sin embargo, el camino hecho al andar ha necesitado esfuerzos ímprobos que se encuentran en un proceso de revisión por todos los líderes de la Unión y de los ciudadanos de sus pueblos respectivos, más de 500 millones de personas en la actualidad. Nadie duda, y ello ha sido una de las causas que ha motivado la concesión del Premio Nobel de la Paz 2012, que la Unión Europea representa el principal instrumento de estabilización de un área geográfica, el continente europeo, caracterizada por contiendas, hostilidades y desencuentros permanentes en el pasado.  

 

Si me circunscribo a un contexto personal, tengo que reconocer que he sido una persona muy afortunada en esta vida. Una de las razones por las que hago esta afirmación se debe al hecho de haber podido viajar por toda Europa desde mí más tierna juventud. Aún recuerdo mi primer viaje a Inglaterra, siendo un adolescente con apenas 18 años. Podría recitar con pelos y señales todos los momentos relevantes de aquel verano del 69. Aquella experiencia influyó notablemente en mi vida personal y profesional. Conocí el fenómeno de la multiculturalidad en una ciudad como Londres, en la que ya existía una población flotante diaria de centenares de miles de personas de todas las nacionalidades, credos y razas. Mi primer contacto con la realidad europea me emocionó y cautivó, al mismo tiempo. Desde entonces mi pasión por la dimensión y desarrollo de la ciudadanía activa europea ha marcado el diario devenir de mi vida.

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Repetí la experiencia al año siguiente. En esa última ocasión, acompañado de mi compañero y amigo Pedro Macho. ¡Que verano de 1970! En esta época, la experiencia acumulada y compartida con Pedro nos enriqueció cultural y personalmente. Antes de regresar a casa viajamos a Bruselas y, posteriormente, pasamos unos días en París. Por cierto, asistimos en Notre Dame al funeral del escritor y premio Nobel de Literatura en 1952 François Mauriac, fallecido el 1 de setiembre; compramos libros “prohibidos” en aquella época en España; fuimos al cine para visionar películas que no se proyectaban en nuestros cines; visitamos la Basílica del Sacré Cœur en Montmartre, Montparnasse y el Museo del Louvre; dormimos en los Champs-Élysées, una de las más bellas avenidas de Europa y del mundo, con el Arc de Triomphe a un extremo y la Place de la Concorde, a otro; en fin, mejoramos nuestros conocimientos lingüísticas de inglés y francés.

 

Desde entonces ha llovido mucho. He viajado en multitud de ocasiones a países de los cuatro puntos cardinales de Europa y hoy me siento cántabro y español, pero profundamente europeo.

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Pero volvamos a la sorprendente noticia –o no- de la concesión del Premio Nobel de la Paz 2012 a la UE. En mi opinión, este galardón ha generado una reacción positiva entre los ciudadanos del viejo continente. Las personalidades más relevantes del mundo de la política han dado la bienvenida a la decisión con manifestaciones inequívocas del papel que ha jugado la UE en el mantenimiento de la paz en Europa y en otros escenarios internacionales. “Es un gran honor para todos los europeos”, ha dicho José Manuel Durão Barroso, presidente de la Comisión Europea. En una línea similar se han manifestado otros líderes de instituciones europeas como Herman Van Rompuy, presidente del Consejo Europeo; Martin Schulz, presidente del Parlamento Europeo o Catherine Ashton, la alta representante de la UE para las Relaciones Exteriores y la Política de Seguridad quien ha añadido, además,  que este premio “reconoce el trabajo de la ampliación de la paz y la estabilidad en el continente”.

 

Mariano Rajoy ha manifestado que el Premio Nobel de la Paz concedido a la UE es una “excelente noticia4-banderas-27-paises-ueque, sin duda, contribuirá a reforzar los ánimos de la ciudadanía para progresar en la unión política, económica y monetaria europea. Me quedo con este comentario. No pretendo concretar en unas líneas los valores que han definido el proyecto europeo. Me tacharían de pretencioso y, en todo caso, habría opiniones para todos los gustos. Ahora bien, la realidad es que países vecinos como Francia y Alemania, por ejemplo, combatieron en tres guerras en un período de 70 años. Por eso, el comentario de Rajoy me trasmite un mensaje subliminal de gran calado. Europa debe progresar hacia una unión política, económica y monetaria. De lo contrario, visto el estado de situación actual podríamos regresar hacia una involución de consecuencias incalculables e impredecibles.

 

Termino este post con una frase célebre del precitado François Mauriac: ¡Qué poco cuesta construir castillos en el aire y qué cara es su destrucción! El sueño de aquellos “Padres de Europa” hoy es una realidad. Eso sí, una realidad que exige imaginación y liderazgo de nuestros dirigentes políticos para hacer frente a los retos y desafíos presentes y futuros de esta sociedad en que vivimos. Ha llegado el momento de dar un paso cualitativo al frente que supere las miserias y egoísmos de grupos trasnochados, anclados en el pasado. Reforcemos el concepto de Unión y de Europa. Plantemos cara a los rancios nacionalismos, incapaces de conciliar su idiosincrasia local con los intereses generales de todos los ciudadanos de cada Estado y del conjunto de la Unión Europea.

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Ha llegado el momento de que los estados recuperen el protagonismo frente a otras instituciones de menor rango, comunidades autónomas, o sus equivalentes europeas, y los municipios. A su vez, es hora, en mi humilde opinión de ciudadano, de diseñar un nuevo modelo de estructura supranacional que aglutine a los estados unidos de Europa. Es precisa una unidad de acción en todo tipo de contextos políticos, económicos y sociales que permita una toma de decisiones en esos y en otros ámbitos, de forma rápida, eficaz y a su justo precio que den respuesta uniforme y consistente a los poderes fácticos que ahora nos desestabilizan.

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