De portavoces y “portavozas”

La utilización del vocablo “portavozas” por Irene Montero en una rueda de prensa el pasado martes, seis de febrero, ha reavivado la polémica sobre el uso inadecuado e incorrecto del español como instrumento de lucha por la igualdad de género

Escribo esta entrada inspirado en un whatsapp que me ha remitido este fin de semana mi amigo Javi Barquín referido al tema que ocupa estos días en los debates, tertulias y, por supuesto, en las redes sociales. Reconozco su jocosidad y, por otro parte, puede que sea ya conocido porque lo he visto al “bucear” en internet. Lo transcribo, tal cual, al final del texto, con el ánimo de que cada cual saque las consecuencias oportunas.

La controversia está servida. Además de la clase política han tomado partido, inmediatamente, representantes de los más variopintos espectros de la sociedad, entre los que destacan periodistas de reconocido prestigio, escritores ilustres y los propios miembros de la Real Academia de la Lengua (RAE).

Me sumo al debate suscitado, sin ánimo de herir susceptibilidades de persona alguna. Eso sí, yo me decanto por la defensa de la riqueza léxica de nuestra lengua y por el rigor de su uso apropiado de acuerdo con las directrices de la RAE. Este posicionamiento no es óbice, sin embargo, ni cortapisa alguna, para reconocer el carácter vivo del idioma español y de la generalización de términos que surgen espontáneamente y que, de manera no torticera, se difunden y se generalizan entre la población hispanohablante. Es entonces cuando la RAE contempla su eventual incorporación al léxico oficial y adquiere categoría de correcto.

Si no existiera la RAE habría que crearla. Un ejemplo de esa necesidad lo evidencia el uso de palabras inadmitidas por esa institución, o por cualquiera otra de las veintitrés academias de la Lengua de aquellos países en los que se habla español.  Es el caso del vocablo “portavozas”, mencionado por Irene Montero en una reciente rueda de prensa. “Mañana hay en el círculo de Bellas Artes un acto con diferentes portavoces y portavozas del grupo parlamentario confederal que hablarán con ustedes de la reforma laboral“, espetó la diputada por Madrid en el Congreso de los Diputados por Podemos y portavoz del Grupo Confederal Unidos Podemos-En Comú Podem-En Marea en el Congreso.

La expresión facial de los allí congregados cambió de tono al escuchar la palabra “portavozas”, un término no admitido por la RAE. El asombro de los periodistas asistentes a la rueda de prensa de la portavoz del Grupo Confederal Unidos Podemos-En Comú Podem-En Marea en el Congreso cedió el paso a las redes sociales que no tardaron en convertir la gramaticalmente incorrecta ocurrente expresión “portavozas” de Montero en trending topic mediante un aluvión de zascas por parte de muchos usuarios de Tuiter.

Permitidme citar una primera anécdota jocosa ocurrida en el programa de televisión El Intermedio, de La Sexta. En un momento determinado, la periodista Sandra Sabatés presentó a Irene Montero como “portavoz” de Podemos defendiendo, asimismo, la calificación de “portavoza”. La sagacidad del El Gran Wyoming no se hizo esperar y brilló más que nunca. “Parece mentira y mentiro que hayas estudiado periodismo y periodisma. Ponte las pilas y los pilos, hay que actualizar el idiomo y la idioma al dos mil diezyocho y al dos mil diezyocha“. Incisivo El Gran Wyoming, ¿o no?

No se trata de un caso aislado. Recuerdo el alboroto, y posteriores críticas generalizadas, de la expresión miembros y miembras” de Bibiana Aído, ministra de Igualdad en el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero (2008-2010) o la cita “jóvenes y jóvenas” de Carmen Romero, diputada al Congreso por el PSOE (1989-2004) y diputada al Parlamento Europeo (2009-2014). Anteriormente, durante la primera legislatura del (PSOE 1982-1986), las directoras generales de aquel primer Gobierno socialista de la era postconstitucional del 78´, cuando quedaban a comer, se autodenominaban “altas cargas”.

Dejando aparte el sentido ideológico de esta nomenclatura léxica, (pero inadmitida por la RAE) en favor de la igualdad de género, desde el punto de vista lingüístico la controversia suscitada por el uso apropiado o no del lenguaje vigoriza el debate en la sociedad española. Los académicos de la lengua ya se han pronunciado con afirmaciones contundentes, tales como: “la actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas”; “deben de evitarse estas repeticiones, que generan dificultades sintácticas y de concordancia, y complican innecesariamente la redacción y lectura de los textos”.

Y al referirse la RAE al término “portavoza” afirmaba que esa palabra no se encuentra registrada en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua y señalaba en un tuit que “el género gramatical se evidencia, en esos casos, a través de los determinantes y adjetivos: el portavoz español/la portavoz española”.

Por otro lado su presidente, Darío Villanueva, dice: “la Academia debe mantener un perfil institucional, como ya ha hecho, y limitarse a explicar la norma. Por supuesto, a título individual, cada académico puede opinar como mejor estime” y opina que “añadir una “a” a la palabra portavoz para conferirle significado de sexo es descabellado”. En otro momento, el presidente de la RAE sostiene una afirmación que me parce muy razonable “hay una cosa que llamamos la pragmática que regula la utilización de la lengua. Para resumir, digamos que nadie está obligado a usar palabras sexistas, aunque pudieran existir”.

Al alegato de Irene Monterome disculpan si uso palabras que no estén aceptadas, pero el tiempo que esté aquí no quiero que nadie me pueda acusar de no haber luchado por la igualdad de mujeres y hombres” ha respondido con dureza la periodista y escritora Julia Navarro. Rechaza Navarro tal justificación porque sería lo mismo que decir “si la gramática, la RAE, la lengua no están conmigo, peor para la gramática, la RAE o la lengua”. La bibliotecaria Milagros del Corral, igualmente, mostró su contrariedad por lo afirmado por la diputada Montero manifestando “seguiré siendo fiel a la gramática y a la ortografía de nuestra lengua, que es, además, la de 500 millones de personas en todo el mundo. ¡Un respeto a nuestra lengua, por favor, dejen de hacer el ridículo!

Son muchos los personajes públicos de reconocido prestigio, de todo tipo de tendencias, que han reaccionado a la provocación lingüística de Irene Montero. Los medios de comunicación audiovisual y escritos, así como las redes sociales, han dado cumplida cuenta, y siguen haciéndolo, de la controversia surgida por el uso de “portavoces y portavozas” en la precitada rueda de prensa de Irene Montero. Por ello, no me extenderé mucho más para evitar el cansancio de una excesiva prolongación de esta entrada. Pero sí voy a expresar brevemente unas ideas en clave educativa.

Según Wikipedia, “la igualdad de género implica que hombres y mujeres deben recibir los mismos beneficios, las mismas sentencias y ser tratados con el mismo respeto. El principio de igualdad y de no discriminación por razón de sexo es una obligación de derecho internacional general, que vincula a todas las naciones y, dado su carácter primordial, se establece siempre como un principio que debe inspirar el resto de los derechos fundamentales”. Nada que objetar. La igualdad de género se encuentra presente en el ordenamiento jurídico español y, por tanto, no es discutible.

A nivel educativo ese principio es inalienable, igualmente. Dicho lo cual, en el contexto escolar, y desde luego en Decroly, creemos en la igualdad de género y retroalimentamos ese principio a diario, en todas y cada una de las actividades de todos los miembros de la comunidad educativa. Por otro lado, Decroly no pierde de vista aspectos de su ideario educativo referidos a la equidad, igualdad de oportunidades, diversidad y al tratamiento personalizado y por igual a sus alumnos. Una manifestación de ese proceder puede visualizarse a diario a través de actuaciones inclusivas que velan por descubrir el talento de cada discente para orientar los procedimientos educativos encaminados al logro de su éxito educativo y personal.

Desterrado el “café para todos”, tópico referido a una educación estandarizada para la totalidad de los estudiantes, en Decroly centramos el foco en la persona, sin distinción de raza, credo, condición socioeconómica, orientación sexual, afiliación ideológica, si la tuviere, u otras, como las capacidades intelectuales, motrices o sensoriales. Eso sí, cada persona es un mundo. La diversidad exige respuestas de atención a escolares con necesidades educativas especiales, en riesgo de exclusión social, con altas capacidades, a inmigrantes, a procedentes de otras culturas y lenguas, incluso motivando y enseñando a quienes, en principio, no están interesados ni quieren aprender.

 

«CARTA DE UNA PROFESORA (DE UN INSTITUTO PÚBLICO) CON ACERTADÍSIMA Y LAPIDARIA FRASE FINAL.

Está escrito por una profesora de un instituto público. Yo no soy víctima de la Ley Nacional de Educación.

Tengo 60 años y he tenido la suerte de estudiar bajo unos planes educativos buenos, que primaban el esfuerzo y la formación de los alumnos por encima de las estadísticas de aprobados y de la propaganda política. En el jardín (así se llamaba entonces lo que hoy es “educación infantil”, mire usted) empecé a estudiar con una cartilla que todavía recuerdo perfectamente: la A de “araña”, la E de “elefante”, la I de “iglesia” la O de “ojo” y la U de “uña”.

Luego, cuando eras un poco mayor, llegaba “Semillitas”, un librito con poco más de 100 páginas y un montón de lecturas, no como ahora, que pagas por tres tomos llenos de dibujos que apenas traen texto. Eso sí, en el Semillitas no había que colorear ninguna página, que para eso teníamos cuadernos.

En Primaria estudiábamos Lengua, Matemáticas, Ciencias, no teníamos Educación Física. En 6º de Primaria, si en un examen tenías una falta de ortografía del tipo de “b en vez de v” o cinco faltas de acentos, te bajaban y bien bajada la nota.

En Bachillerato, estudié Historia de España, Latín, Literatura y Filosofía. Leí El Quijote y el Lazarillo de Tormes; leí las “Coplas a la Muerte de su Padre” de Jorge Manrique, a Garcilaso, a Góngora, a Lope de Vega o a Espronceda…

Pero, sobre todo, aprendí a hablar y a escribir con corrección. Aprendí a amar nuestra lengua, nuestra historia y nuestra cultura. Y… vamos con la Gramática.

En castellano existen los participios activos como derivado de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar es “atacante”; el de salir es “saliente”; el de cantar es “cantante” y el de existir, “existente”.

¿Cuál es el del verbo ser? Es “ente”, que significa “el que tiene identidad”, en definitiva “el que es”. Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación “ente”. Así, al que preside, se le llama “presidente” y nunca “presidenta”, independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción.

De manera análoga, se dice “capilla ardiente”, no “ardienta”; se dice “estudiante”, no “estudianta”; se dice “independiente” y no “independienta”; “paciente”, no “pacienta”; “dirigente”, no dirigenta”; “residente”, no “residenta”.

Y ahora, la pregunta: nuestros políticos y muchos periodistas (hombres y mujeres, que los hombres que ejercen el periodismo no son “periodistos”), ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la Gramática de la Lengua Española? Creo que por las dos razones. Es más, creo que la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones ideológicos los hacen más ignorantes (a ellos y a sus seguidores).

Les propongo que pasen el mensaje a vuestros amigos y conocidos, en la esperanza de que llegue finalmente a esos ignorantes semovientes (no “ignorantas semovientas”, aunque ocupen carteras ministeriales).

Lamento haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían firmado un manifiesto.

Algunos de los firmantes eran: el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el golfisto, el arreglisto, el funambulisto, el proyectisto, el turisto, el contratisto, el paisajisto, el taxisto, el artisto, el periodisto, el taxidermisto, el telefonisto, el masajisto, el gasisto, el trompetisto, el violinisto, el maquinisto, el electricisto, el oculisto, el policío del esquino y, sobre todo, ¡el machisto!

SI ESTE ASUNTO “NO TE DA IGUAL”, PÁSALO, POR AHÍ, CON SUERTE, TERMINA LLEGANDO A LA MINISTRA DE “IGUAL-DA”. PORQUE NO ES LO MISMO: TENER UN CARGO PÚBLICO QUE SER UNA CARGA PÚBLICA».

 

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