Respeto a la diversidad

La lectura del artículo de opinión “El admirable Islam”, del ilustre periodista y escritor Luis María Ansón, publicado por elmundo.es este martes 22 de agosto, me ha llamado extraordinariamente la atención por la contundencia de sus afirmaciones que comparto sin reserva alguna

Por esa razón, previa breve alusión a realidades de desigualdaddiscriminación,  diversidaddatos demográficos relacionados con las creencias religiosas de los ciudadanos en el mundo y de causas que impulsan los ataques terroristas reproduciré textualmente el escrito de Ansón con el ánimo de difundir sus acertadas reflexiones y aportaciones.

Vaya por delante, en primer lugar, tres frases extraídas de uno de los párrafos del artículo mencionado. “Un respeto, en fin, para el mundo islámico. Hay que condenar sin fisuras el terrorismo yihadista. Hay que rechazar a las minorías violentas de algunas naciones islámicas como también rechazamos a las que militan en nuestros países occidentales”.

Todos somos iguales ante la ley y tenemos los mismos derechos, afirma la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, a nadie se le escapa que, en la vida cotidiana, existen situaciones de desigualdad y de discriminación hacia algunas personas y grupos, en mayor o menor medida.

Sin ánimo de ser exhaustivo, podemos convenir que esa realidad se manifiesta, por ejemplo, en la diversidad de ciudadanos y colectivos en razón de sus orígenes, raza, etnia, credo,…; en aquellos otros que sufren alguna discapacidad o padecen enfermedades; en personas con una orientación sexual distinta a la heterosexual;…

Yo me sumo a ese mayoritario grupo de hombres y de mujeres que combaten los prejuicios y aceptan y respetan la diversidad.

La religión, por otro lado, es uno de esos temas espinosos que se aparca en el baúl de los intangibles para evitar discusiones y prevenir conflictos, en su caso. Sin embargo, la influencia de las vicisitudes culturales y sociales derivadas del culto es irrefutable. A los hechos me remito.

Según diversas fuentes consultadas en internet, la población mundial se sitúa en torno a los 7.500 millones de personas. En números y porcentajes redondos, el cristianismo es el mayor grupo religioso con una población indicativa de 2.300 millones (32%). El islam, le sigue en términos cuantitativos con una población de unos 1.700 millones (23%) de los que el 90%, aproximadamente, son sunitas y el 10% restantes, chiitas. En tercer lugar, el hinduismo, suma 1.100 millones (15%). A continuación le sigue el budismo, que reúne a unos 520 millones de personas (7%).

Ante la oleada de terrorismo internacional y la barbarie cometida esta semana pasada, visualizada a través de los execrables actos terroristas de Las Ramblas y de Cambrils, procede aclarar que sus autores pertenecen al denominado movimiento yihadista, la rama más violenta y radical del islam político o islamismo. Estos sujetos se caracterizan por la utilización indiscriminada del terrorismo para alimentar su particular guerra santa o yihad, en nombre de Ala, su dios.

Pero, ¿cuál es el perfil de estos terroristas yihadistas? En general, se trata de adolescentes y jóvenes con estudios y de clase media, nacionales o residentes permanentes.

A la hora de analizar las causas de los indiscriminados pero selectivos, a su vez, ataques terroristas, los especialistas han abandonado la tesis de que ello se debe a la pobreza y marginación social. Esa teoría ha sido avalada por lo ocurrido la semana pasada en Barcelona y Cambrils donde un grupo de adolescentes y veinteañeros, absolutamente integrados en la sociedad catalana, ha sido capaz de perpetrar una de las atrocidades terroristas más abominables del siglo XXI.

Entonces, ¿cuáles son los motivos reales que derivan en esta cruel monstruosidad del terrorismo islámico? Parece que la incógnita se va despejando paulatinamente. Es un ideal religioso el que se instala en la mente inmadura de esos jóvenes islamistas que les empuja a matar y a morir. A estas alturas, parece que ha llegado el momento de buscar y encontrar el antídoto que aminore, hasta su erradicación total, todo vestigio que favorezca esta inhumana y sanguinaria sinrazón.

Evitemos identificar el Islam -religión monoteísta cuyo dogma de fe se basa en el libro del Corán, el cual establece como premisa fundamental para sus creyentes que “No hay más Dios que Alá y que Mahoma es el último mensajero de Alá”- con el islamismo. El Islam lo profesan 1.700 millones de seres humanos entre los cuales una cifra sin cuantificar es el que comete los execrables actos terroristas en pos de la guerra santa o yihad, que estremecen el corazón de la inmensa mayoría de la población universal.

Estos deplorables fundamentalistas del grupo yihadista, que autoproclamaron el Estado Islámico (EI) -también denominado ISIS o Dáesh- en el año 2014, es un grupo terrorista que opera a nivel internacional. A estos fanáticos extremistas son los que el mundo debe combatir, con el apoyo de todas las instituciones internacionales, con todos los recursos a su alcance. Y, desde luego, impidamos criminalizar a todo el Islam, respetemos las religiones y, como sostiene, Luis María Ansón, ¿cómo no? evitemos prender la mecha de la islamofobia que puede ocasionar dramáticas consecuencias de repercusión mundial imprevisible.

 

El admirable Islam
LUIS MARÍA ANSÓN
Martes, 22 de agosto de 2017

Nada más cerril que generalizar. Sería absurdo que los árabes juzgaran a los españoles como terroristas por Eta; o a los irlandeses por el Ira; o a los peruanos por Sendero Luminoso; o a los alemanes por la Baader Meinhof; o a los italianos por las brigadas rojas; o a los argentinos por los montoneros; o a los franceses por el FLN corso; o a los uruguayos por los tupamaros; o a los mauritanos por los polisarios.

La lectura de la espléndida versión que Juan Vernet ha hecho de El Corán revela que el libro sagrado de los musulmanes es un monumento a la espiritualidad, una doctrina profunda de humanismo, de paz y de solidaridad. El Islam del terrorismo yihadista nada tiene que ver con la inmensa mayoría de los que profesan esa religión musulmana, como la Europa de la libertad y la fraternidad nada tiene que ver con el terrorismo durante tanto tiempo desbocado por el Ira o por Eta.

El sentido común exige en un mundo globalizado el entendimiento con los cerca de 1.500 millones de personas que se encuadran en el Islam. Una cosa es la estéril reducción al absurdo y el voluntarismo simplista y otra muy distinta el entendimiento cabal de la filosofía de la Historia. Arnold Toynbee, mi inolvidado maestro, dejó muestras incontrovertibles de la realidad islámica en su monumental obra Un estudio de la Historia.

Claudio Sánchez-Albornoz, en España musulmana, y Emilio García Gómez, en varios ensayos y traducciones deslumbrantes como El collar de la paloma, que prologó Ortega y Gasset, o los libros dedicados al alcázar nazarí de la Alhambra, reconocieron la aportación islámica a nuestra nación desde la arquitectura de la mezquita de Córdoba hasta los zéjeles de Ben Quzmán; desde la filosofía de Maimónides hasta el pensamiento de Averroes, desde la vertebración árabe del idioma español hasta los avances en la agricultura o la astronomía. Y todo ello es ampliable a tres continentes.

Un respeto, en fin, para el mundo islámico. Hay que condenar sin fisuras el terrorismo yihadista. Hay que rechazar a las minorías violentas de algunas naciones islámicas como también rechazamos a las que militan en nuestros países occidentales. Y, desde la firmeza, es necesario aprender a convivir con los turcos y los egipcios, con los marroquíes y los indonesios, con los afganos y los argelinos, con los paquistaníes y los islamistas del África negra. Leopold Sedar Senghor, en su deslumbrante ensayo Negritud y arabidad, reflexionaba sobre los extremismos pedernales, tanto culturales como políticos, que pueden provocar las chispas del gran incendio.

En El Coránal-Qurân, es decir, la lectura, la doctrina de la paz y el amor, se lee: “Recordad el bien de Dios que bajó sobre nosotros cuando erais enemigos y concilió vuestros corazones: con su bien os transformasteis en hermanos” (Azora III 98/103).

Solo el buen sentido, el entendimiento moderado de la Historia, el respeto a la religión ajena, el reconocimiento de las manifestaciones culturales allá donde se producen y la huida a la desbandada de las generalizaciones cerriles, pueden evitar que se encienda la islamofobia y con ella un conflicto armado entre el mundo occidental y el mundo islámico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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