Los hombres pasan; sus obras permanecen

El refranero español acuña innumerables citas, adagios, aforismos, proverbios,… atribuidos a los más eruditos e insignes pensadores universales; unos, con nombre y apellidos; otros, anónimos. Todos ellos han aportado un sinfín de frases célebres que han quedado escritas en sus obras o bien han sido transmitidas oralmente generación tras generación. En ese catálogo se encuentra la expresión “los hombres pasan; sus obras permanecen” que inspira mi reflexión de hoy cargada de una potente dosis emocional que apenas me permite disimular la realidad que protagonizo

Quienes procedemos de un entorno rural conocemos muy bien algunas obviedades que no es preciso explicar. Mis abuelos paternos y maternos, mis padres, mis1 javier muñiz hermanos y la inmensa mayoría de los ciudadanos del pueblo que me vio crecer, Mompía, desarrollaban una actividad profesional ligada a la agricultura y ganadería. Eso sí, básicamente como profesionales autónomos aunque a ello contribuyera activamente todos los miembros de la familia, incluso los más pequeños desde una edad temprana.

Lo he descrito en múltiples ocasiones comentando el papel esencial de los maestros de las escuelas unitarias de la época –Dª María Torner, en el caso de mi pueblo-. También, al citar en alguna ocasión a mis hermanos a quienes crecieron los dientes entre las vacas, ayudando a mi padre con su trabajo y dedicación siete días a la semana, treinta días al mes –treinta y uno o veintiocho-veintinueve, en su caso, trescientos sesenta y cinco-seis días al año. En ese ambiente rural se fraguó la personalidad de cada uno de ellos –también, la mía- impregnada de una fuerte dosis de ilusiones, dedicación, esfuerzo continuado, espíritu de mejora y afán por vivir con dignidadganando el pan con el sudor de nuestra frente”.

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Procedo de una familia maravillosa que nunca dudó de mi talento, de mis cualidades y potencialidades de desarrollo personal y profesional para salir de aquel entorno y entrar en otro que me ofreciera alternativas de mejora distintas de las que tradicionalmente podría optar quedándome en mi pueblo. Allí, en Mompía, la opción era ser ganadero autónomo y seguir con la tradición familiar o trabajar como asalariado de otro convecino. ¡Punto pelota! Pero mis sueños eran otros.

Tengo que reconocer que he sido un hombre afortunado, profesionalmente hablando. Pero debo afirmar, igualmente, que desde niño me apasionó la lectura, el aprender haciendo y el abordar desafíos hasta esa fecha insólitos en generaciones precedentes de mi localidad. Pronto hallé, casi sin pretenderlo, la ruta que marcaría mi vocación profesional en el campo educativo. Fue mi maestra, Dª María, quien me ayudó a descubrir ese maravilloso mundo en el que me he encontrado siempre como un pez en el agua, ¡feliz!

Así ocurrió durante mis estudios de Enseñanza Primera en la escuela de Mompía y los posteriores de Bachillerato en el Colegio San José de los PP Escolapios de Santander. Esa providencia surgió, inicialmente, con el apoyo de Dª María, con la contribución de mis tíos Margarita y Sinforiano –padres de Gerardo- acogiéndome en su casa como a un hijo más y, por supuesto, fruto de mi permanente afán de superación para progresar a través de una empeño ilimitado por alcanzar unas metas que, en gran parte, se hicieron realidad a una edad temprana.

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Sin terminar mi carrera en la Escuela Normal de Magisterio de Santander –hoy Facultad de Educación
de la Universidad de Cantabria
– inicié una etapa como profesor sin academia –así se denominaba la licencia fiscal gestionada ante la entonces denominada Delegación de Hacienda de Santander para impartir clases de inglés de forma privada a partir de 1973. Previamente, incluso mientras estudiaba el entonces denominado Bachillerato Superior en los Escolapios, me acercaba a la profesión docente impartiendo clase a los niños de mi pueblo durante sucesivos veranos en el garaje de la casa de mis padres.

Y comencé el año de prácticas inherente al Plan de 4 nuncaabandonesEstudios del 67´que yo cursé durante mi carrera, una vez finalizado el servicio militar obligatorio de la época. Fui aceptado por D. Ricardo Ruiz Vega, director de la Escuela Aneja de niños, para incorporarme a ese centro, gracias a una proposición de mi compañero y amigo Antonio Gutiérrez. Allí finalicé mis estudios durante el curso 1974-1975 y, posteriormente, en setiembre de ese último año, comencé mi carrera profesional como profesor de EGB. Describía este itinerario educativo y profesional con abundante lujo de datos en El reto de un sueño hecho realidad, publicado en este blog el 16 junio de 2015.

En 1978 fundé Decroly bajo la titularidad de mi madre, Marina, un referente determinante en mi vida personal y profesional. La intrahistoria de este centro de FP es bien conocida por un amplio número de profesores y personal de administración y servicios que conforman todavía en estos momentos la plantilla de Decroly –Miguel Ángel Rodríguez, Merche Castanedo, Adela Sáiz,..-. El protagonismo de Decroly en la escena educativa regional no seré yo quien lo ensalce. Ahora bien, no me recato al afirmar que todos juntos hemos contribuido eficaz y eficientemente al desarrollo personal y profesional, así como a la empleabilidad de los jóvenes de Cantabria.

Aquellos orígenes de Decroly dieron muy pronto paso a una etapa evolutiva impresionante. El ADN de Decroly establecido en su ideario –carácter propio-, y fortalecido mediante su dinámico e innovador proyecto educativo, contribuyó a consolidar muy pronto un centro educativo al que se le reconoce como referente de la provisión de estudios de FP en Cantabria.

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Han pasado más de 38 años desde entonces y la juventud que yo atesoraba entonces (27 años), en aquella apasionante etapa de la historia de Cantabria y de España, se ha ido paulatinamente consumiendo, casi sin darme cuenta. Parafraseando a Jorge Manrique en sus versos pertenecientes a las Coplas a la muerte de su padre: “cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando”…  “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir”…

CURVA DE LA VIDA

Curva de la vida

El paso inexorable del tiempo conduce al final del camino. Es de sabios asumir esa realidad para facilitar el tránsito sosegado del legado que representa Decroly hacia un futuro mejor liderado por otros actores que insuflen energías renovadas y garantías de sostenibilidad en el tiempo. Los hombres pasan; sus obras permanecen, dice el refrán popular. ¿Y si no fuera así? La respuesta está flotando en el viento, permítaseme emular a Bob Dylan (1) en su célebre canción Blowing in the wind. En ese caso, la tristeza, la pena y la desolación me embargarían hasta el final de mis días.

(1) Por cierto, según acaba de publicar elmundo.es, Bob Dylan es el nuevo premio Nobel de Literatura 2016

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