El modelo de evaluación que yo propugno

En una reciente presentación de la experiencia de Decroly, primero, y de mi posterior participación en una Mesa Redonda, después, en el transcurso de la Jornada “Banco de libros, materiales curriculares y didácticos en los centros educativos”, promovida por el Consejo Escolar de Cantabria (CEC), tuve la oportunidad de incluir de soslayo unas reflexiones pedagógicas que no pasaron desapercibidas en la audiencia, ni en las autoridades de la Consejería de Educación, Cultura y Deporte allí presentes

En mi entrada Jornada del Consejo Escolar de Cantabria en La Vidriera (I), de 17 de noviembre, recogí la información genérica sobre el contexto en que se produjo la1 fjm (1) Jornada, inaugurada por el consejero de Educación, Cultura y   Deporte, Ramón Ruiz, y por la alcaldesa del Ayuntamiento de Camargo Esther Bolado, en la que tuvo un notable protagonismo el presidente del CEC Jesús Gutiérrez Barriuso.

El concepto evaluación en el ámbito educativo se analiza y se aplica de la más variopinta manera; casi de tantas como maestros y profesores; en función del significado que cada cual otorgue al término; de la heterogeneidad de usos y de fines distintos; con pocos y limitados recursos; acudiendo a normativas dispersas;… Eso sí, casi todos los profesionales docentes se sienten amparados por su razón para defender su particular concepción de lo que representa una adecuada y correcta evaluación. En su fuero interno, además, ninguno duda del vínculo esencial existente entre calidad educativa y evaluación.  

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Ahora bien, permítaseme una primera reflexión. “Evaluar con intención formativa no es igual a medir ni a calificar, ni tan siquiera a corregir. Evaluar tampoco es clasificar ni es examinar ni aplicar tests”. Si es cierto que la evaluación tiene que ver con esas actividades pero, ante todo, va mucho más lejos. La evaluación educativa forma parte del proceso de enseñanza del profesor y de aprendizaje del alumno. En este momento me viene a la memoria algunas ideas inherentes a ese proceso que fueron tratadas en la segunda parte de la entrada Decroly, un desafío permanente de calidad y equidad en la FP, que publiqué en esta revista digital el pasado 13 de octubre y que señalo por su pertinencia.

La evaluación, así entendida, se convierte en una actividad esencial en ese proceso. Una adecuada gestión evaluadora permite al profesor conocer mejor las dificultades de aprendizaje de su alumnado y cómo solucionarlas. Esto facilita al profesor su posterior colaboración en esa tarea con sus alumnos ayudándoles a superar las eventuales barreras que lo obstaculizan. De esta manera podemos concluir, sin temor a equivocarnos que, a través de la evaluación formativa el alumno aprende; y lo hace gracias a la labor correctora del profesor orientada a superar unas u otras carencias de cualquiera de sus alumnos.

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Asimismo, me interesa señalar que en ese proceso de enseñanza-aprendizaje-evaluación-retroalimentación el estudiante asimila más y mejor gracias a la aplicación de una evaluación personalizada y de la posterior corrección mediante una específica información contrastada que le brinda su profesor. Y ¿cómo no? esa retroalimentación deberá ser, crítica y razonada, pero nunca descalificadora ni penalizadora.

La evaluación es un recurso de la tarea  educativa. Evaluamos para conocer a todos y cada uno de nuestros alumnos, sus necesidades y, tal vez, nuestra propia eficacia docente. Obviemos de una vez por todas los exámenes para excluir en lugar de para integrar; para clasificar a los alumnos en “buenos” y “malos”, en los que “valen” y en lo que no. La evaluación debe estar orientada a servir al conocimiento y al aprendizaje. Es la tercera pata de la mesa de la enseñanza y del aprendizaje; una actividad que debe traducirse en medidas correctoras cuando y con quien sea preciso. En suma, la evaluación formativa constituye una actividad más en la dinámica educativa y la posterior corrección, en su caso, se erige en un acto esencial de aprendizaje.

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Existe un “llanto” permanente sobre las veleidades del sistema educativo, las supuestas capacidades innatas del alumnado, las circunstancias socioeconómicas de los entornos familiares de los discentes, las leyes educativas, los recursos económicos y materiales proporcionados por las administraciones públicas,… y un sinfín de otras motivaciones –siempre interesadas- para culpar a terceros sobre el estado de la situación y las causas que provocan el fracaso escolar. Hoy he querido lanzar un “órdago” como si de un lance del juego en una partida de Mus se tratara.

Si aplicamos a nuestra práctica educativa cotidiana los criterios que defiendo en materia de evaluación formativa del rendimiento del alumnado estoy firmemente convencido que amortiguaríamos muy sensiblemente el denostado fracaso escolar. Ello contribuirá, igualmente, a reforzar valores irrenunciables en este momento histórico, entre los que destaco la conciliación de conceptos como la equidad e igualdad de oportunidades para todos en una sociedad plural y diversa.

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Además, si así lo hiciéramos, estaríamos introduciendo un elemento innovador y de cambio de paradigma de mayor cuantía. Y todo ello, en beneficio de la calidad del sistema educativo y de su inconmensurable aportación al éxito, autoestima y felicidad de nuestros alumnos.  

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